lunes, 8 de junio de 2009

Roma, ese amor

ROMA, ESE AMOR


Clave: 01325
AUTOR: JUAN ROMERO
EDITORIAL:LORED

Precio: $ 50 Pesos


El libro se entrega, en Capital federal, sin recargo. Para el resto del país y el exterior, se le sumarán, al precio estipulado con el autor, los gastos de envío.




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La investigación de un asesinato lleva a Pablo Ruscconi, inspector de la policía federal, a profundizar en un entramado de complicidades que salpica a los estratos más altos del poder, y en la Argentina post morten del siglo XX. La pericia de Ruscconi para superar los obstáculos que se suceden vertiginosamente y en una investigación que no da respiros, nos otorga la posibilidad, que algunos de nosotros ya creíamos perdida en los anales de la literatura, de disfrutar de un texto que no tiene desperdicios. Notable la pluma del autor para atrapar al lector desde la primera línea.




Capítulo I



Lunes siete de enero; debo de haberme levantado con el pie izquierdo. Cuando llegué a la jefatura de policía, a las nueve de la mañana, me enviaron a investigar un asesinato cometido en Villa del Parque, barrio de la ciudad autónoma de Buenos Aires. A partir de ahí, mi vida experimentaría un cambio rotundo.




–Una pavada– me dijo el jefe con cierta ironía y agregó, no menos irónico –Limpialo cuanto antes, Ruscconi, que tengo bastante laburo en la oficina como para andar boludeando con los quilombos de esos ricachones.




¿Trabajo de oficina? preferiría dirigir el tránsito en la avenida Nueve de Julio y con cuarenta grados de temperatura, antes que trabajar en el sucucho que me asignaron. Por momentos creo que el jefe Rojo me odia, y que ese sentimiento tiene raíces en mi evidente superioridad intelectual, campo negado a su ego de vulgar polizonte. Sabe que en términos dialécticos no puede, siquiera, intentar discutir conmigo y eso debido a sus escasos conocimientos teóricos sobre la cuestión criminal. Realidad intolerable para un tipo acostumbrado a la obsecuencia de sus dirigidos y ajeno al sincretismo que se respira en el aire de la jefatura.


Creo que detesta más a mis títulos y lo que ellos representan, que a mí. Pero como subordinado con perfil alto debo adecuarme a sobrellevar esas discrepancias, sobre todo cuando se dan en la relación con mi superior inmediato.


Como buen investigador que soy, y al aborrecer la naturaleza humana, siempre termino jactándome de haber basado mi éxito profesional en el conocimiento empírico. La cháchara soportada en los claustros universitarios aportó poco y nada a mi carrera, pero dejo que los demás me crean un inofensivo y pedante sabelotodo. Habiendo descubierto los trucos de la profesión observando a los viejos policías, poseo otra cualidad inherente a mi oficio: no soporto que traten de hacerme quedar como un idiota y menos si la bajada de línea viene de mis superiores. Pero esta apreciación, que podría caratularse como un simple brote paranoico, pasa a un segundo plano cuando me dispongo a esculcar un nuevo caso y que tiene como protagonista a un personaje de la noche porteña.


Un homicidio que ha puesto en vilo a la prensa cholula de la ciudad de Buenos Aires. El entorno mediático que ha generado este asesinato parece configurar el primer acto de una comedia de enredos, montada en una escenografía naturalmente sofocante. El asfalto que se pega en las ruedas del automóvil, con el que me dirijo a estudiar la escena del crimen, suma una molestia más a mi desdén.


Este apático barrio de clase media que, frente a la grave crisis del año dos mil uno, intentó escapar de los vaivenes económicos que paralizaron a todo el país y que terminó arrasado por ellos, huele a tufillo de transas. De un día para el otro la isla (como denominan a la zona sus moradores), delimitada por las vías del ferrocarril Mitre, y las calles; Nazca, Chivilcoy y Álvarez Jonte, se vio invadida por centenares de miserables conduciendo carros fantasmales, repletos de cartones y decenas de objetos inservibles. Observaron con estupor como mujeres y niños, llegados de quién sabe dónde, revisaban las bolsas de basura en busca de las sobras de sus mesas lujosas.


Algunos habitantes simularon, por pudor, alinearse con los indigentes, pero sólo hasta que recuperaron los depósitos bancarios. Luego todo volvió a ser como antes de la crisis, de esa experiencia traumática que jamás volvería a atraparlos indefensos. Todo volvió a ser como antes y mejor, como debió serlo siempre. Como ahora, cuando la hipocresía se hace moneda corriente para intercambiar complicidades y subvencionar al silencio.







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